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foto marta leonor gonzalez
El fuego que arde
(La poesía de Marta Leonor González)

por Jorge Palma

Hay diferentes tipos de fuego: algunos alumbran como antorchas; otros, queman. Hay fuegos que iluminan, o marcan mojones como las hogueras primigenias, allí donde el hombre habita, hace una cultura, se desarrolla y deja su marca. El fuego de Marta Leonor González, tiene la particularidad de contener a todos los fuegos nombrados, concentrados en uno sólo.

Si uno no quiere comprometerse con una poesía genuina, no debe leer a Marta Leonor. Pero si acaso quiere o está dispuesto a iluminarse con ese fuego, sin quemarse, entonces esta es una oportunidad única de asomarse a una casa llena de poesía. Poesía de altísima calidad. O bien, simple y llanamente poesía. El poeta cubano Miguel Barnet afirma casi de forma axiomática, que no hay buena o mala poesía. El dice que hay poesía o no la hay. Y aquí no sólo la poesía está presente, sino que a través de ella, es posible atravesar los corredores de una casa familiar, de respirar el aire, de acercarse a las viejas paredes de las habitaciones, acompañar la respiración dificultosa de un padre, como si estuviéramos en el mismo cuarto, miráramos con sus ojos, escribiéramos con la misma mano de la poeta. Eso sólo es posible hacerlo con talento, y con una finísima sensibilidad, capaz de mostrarnos sin dramatismos, el ritmo de las horas, los cambios casi imperceptibles del cielo, los ruidos cotidianos que se van apagando en la casa, como se van apagando lentamente y sin pausa la vida de los que la habitan.

Ya se sabe que se puede escribir sobre cualquier cosa. Pero sabemos también que Marta Leonor González elige el instrumento (en este caso la palabra), para rescatar del olvido o bien para restaurar la memoria familiar, que en suma, es similar a todas las memorias, a todas las historias. Cuando en la tarea de reelaboración de un pasado familiar contamos con la participación de un poeta singular, entonces el álbum de sensaciones toma características de documento: documentar las almas, registrar los sonidos, contabilizar con belleza las historias de los unos y los otros. Y entonces el fuego que arde, ilumina el sendero dibujado por el viento.

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© 2009 Jorge Palma - labrador@jorgepalma.com.uy - www.jorgepalma.com.uy